Que el Donguibogam señale el 'estancamiento de la sangre' como causa del dolor resulta una interpretación sumamente convincente también desde la perspectiva de la medicina moderna. Síntomas como la rigidez crónica de hombros, el dolor lumbar y el entumecimiento de extremidades a menudo se originan en trastornos de la microcirculación y reacciones inflamatorias alrededor de músculos y articulaciones.
Los músculos de nuestro cuerpo se mueven gracias al oxígeno y los nutrientes que reciben de la sangre, y tras la actividad eliminan desechos como el ácido láctico a través de ella. Sin embargo, cuando determinados músculos permanecen en tensión continua debido a malas posturas, estrés, falta de ejercicio o uso excesivo, los vasos sanguíneos circundantes se comprimen y el flujo sanguíneo deja de ser fluido.
Al verse obstaculizada la circulación de la sangre, se reduce primero el aporte de oxígeno y nutrientes, lo que disminuye la capacidad de las células musculares para generar energía. Por esta razón, el músculo se fatiga y se vuelve rígido con facilidad, y se acumulan algógenos como la bradicinina y la prostaglandina, que estimulan las terminaciones nerviosas. Asimismo, el retraso en la evacuación de desechos empeora la reacción inflamatoria, lo que conduce a un círculo vicioso que provoca edema y dolor en los tejidos adyacentes. Durante este proceso puede formarse en el músculo un pequeño nódulo palpable denominado punto gatillo, el cual genera dolor irradiado hacia zonas vecinas, haciendo sentir dolor como si proviniera de otro sitio.
En particular, áreas con grandes masas musculares y movimientos frecuentes, como la cintura o los hombros, son más vulnerables a este tipo de trastorno circulatorio. Más allá de problemas estructurales como afecciones discales o artritis, la tensión muscular continua y la disminución del flujo sanguíneo suelen funcionar como mecanismos centrales del dolor crónico. Neurológicamente, los estímulos dolorosos repetitivos pueden inducir el fenómeno de la sensibilización central, que eleva la sensibilidad al dolor en el cerebro haciendo que se perciba un dolor mayor ante estímulos leves. Este mecanismo explica también por qué el dolor tiende a volverse más sensible y extenso a medida que se prolonga en el tiempo.
Desde el punto de vista de la endocrinología, la secreción excesiva de cortisol, la hormona del estrés, puede provocar vasoconstricción y fomentar reacciones inflamatorias, dificultando la circulación sanguínea. Además, el desequilibrio del sistema nervioso autónomo puede menoscabar la función reguladora de dilatación y contracción vascular, reduciendo el volumen de flujo sanguíneo en regiones concretas. De este modo, la medicina moderna también recalca que el trastorno circulatorio no se reduce simplemente a que la sangre no pase, sino que constituye un factor crucial que provoca y empeora el dolor crónico mediante complejos procesos fisiológicos que involucran al sistema nervioso, el sistema endocrino y las reacciones inflamatorias. Por tanto, el manejo del dolor debe enfocarse no solo en reducir la molestia en sí, sino en resolver la causa fundamental mejorando de forma integral la circulación sanguínea.