Estimados lectores, últimamente ha aumentado el número de personas que dicen tener opresión en el pecho y palpitaciones. Frente a una rutina ajetreada y un futuro impredecible, nuestro cuerpo expresa la ansiedad de formas distintas a las de la época del Donguibogam. Así como el Donguibogam detectaba el sobresalto y el temor a través del corazón y el pulso, la medicina moderna explica científicamente la correlación entre la ansiedad y el pulso mediante un complejo enlace: el sistema nervioso autónomo y el eje cerebro-corazón.
En nuestro cuerpo existe un sistema asombroso que se autorregula: el sistema nervioso autónomo. Este sistema nervioso autónomo se divide principalmente en dos partes: el nervio simpático, que actúa ante situaciones de crisis, y el nervio parasimpático, encargado del descanso y la recuperación. Funcionan como el acelerador y el freno de un automóvil. Ambos mantienen el equilibrio del sistema nervioso autónomo y regulan las funciones biológicas de nuestro organismo.
Cuando se sufre de ansiedad crónica o estrés, el cuerpo se confunde y asume continuamente que está ante una situación de crisis. De forma natural, se produce una hiperactividad simpática, quedando en un estado en el que se pisa el acelerador sin descanso. Con la hiperactividad simpática, el latido cardíaco se acelera, la presión arterial sube, los músculos se tensan y la respiración se vuelve corta y rápida. Las palpitaciones que se experimentan en este punto son precisamente la señal que la sobrerreacción del nervio simpático envía al corazón. Esto puede interpretarse de forma similar al estado de pulso grande y rápido por sobresalto descrito en el Donguibogam. Es comparable a un corazón que gasta energía en exceso y hace sonar una alarma.
Además, el cerebro y el corazón están estrechamente conectados mediante el eje cerebro-corazón. Cuando centros de regulación emocional del cerebro, como la amígdala o la corteza prefrontal, envían señales de ansiedad, estas pasan por el tronco del encéfalo y afectan directamente al corazón a través del sistema nervioso autónomo. Asimismo, sustancias del sistema endocrino, como las hormonas del estrés cortisol y adrenalina, intervienen en la frecuencia del latido cardíaco y en la contracción de los vasos sanguíneos, induciendo cambios en el pulso. Si la ansiedad persiste, estas hormonas se siguen secretando y sobrecargan el corazón, lo que puede derivar en un patrón como el pulso de temor, donde el pulso late pequeño y rápido. Es como si el cerebro enviara un mensaje de ansiedad y el corazón se agitara al recibirlo.
En particular, en la era moderna, se mide objetivamente el equilibrio del sistema nervioso autónomo mediante un indicador llamado variabilidad de la frecuencia cardíaca. La variabilidad de la frecuencia cardíaca se refiere a las pequeñas variaciones en el intervalo entre cada latido cardíaco; con frecuencia, una menor variabilidad significa un nivel más alto de estrés o ansiedad. En una persona con un sistema nervioso autónomo sano, el intervalo entre latidos cambia de forma flexible e irregular, mientras que en alguien sometido a mucho estrés, este intervalo tiende a volverse relativamente constante y monótono. Una baja variabilidad de la frecuencia cardíaca puede ser una señal de que el cuerpo está rígido y no logra responder con flexibilidad a los cambios.
En última instancia, las palpitaciones o el pulso ansioso que envía el corazón no son una simple señal de dolor cardíaco, sino una potente señal de auxilio que grita a través del cerebro, el sistema nervioso autónomo y todo el sistema de regulación emocional: «en este momento, su cuerpo y su mente lo están pasando muy mal». Prestar atención a esta señal y responder adecuadamente será el primer paso para recuperar la paz física y mental. No debemos ignorar esta señal, sino acogerla con calidez.