Al interpretar el estancamiento de qi y sangre y las masas abdominales del Donguibogam desde la perspectiva de la medicina moderna, podemos ver que, más que una simple acumulación de grasa, se trata del resultado de una compleja alteración hormonal y bioquímica que ocurre en lo más profundo de nuestro organismo. La grasa subcutánea que habitualmente llamamos grasa en flotador puede parecer a primera vista menos peligrosa que la grasa visceral; no obstante, la grasa subcutánea acumulada de manera crónica también emite diversas señales de alerta en el cuerpo.
El núcleo de este proceso es la inflamación crónica. Cuando la circulación de qi y sangre se estanca, se induce estrés a nivel celular, lo que provoca la secreción de citocinas proinflamatorias. Estas citocinas desencadenan una respuesta inflamatoria en el tejido adiposo, originando finalmente una disfunción del adipocito. Dicho de otro modo, la grasa abdominal no es solo el resultado de un exceso de energía, sino un eslabón dentro de un círculo vicioso capaz de ser tanto causa como consecuencia de la inflamación crónica del cuerpo. Dicha inflamación induce resistencia a la insulina, la cual se convierte a su vez en la principal responsable de dificultar el control de la glucemia y acelerar el depósito graso. Al presentarse resistencia a la insulina, el cuerpo segrega mayor cantidad de esta hormona, y el exceso de insulina envía una potente señal al adipocito: ‘¡almacena grasa!’.
Además, el desequilibrio hormonal ejerce una gran influencia. Es bien conocido que niveles crónicamente elevados de cortisol, la hormona del estrés, aumentan la acumulación de grasa abdominal. En las mujeres, el desequilibrio estrogénico, en especial la dominancia de estrógenos debida a la perimenopausia o a la exposición a disruptores endocrinos, también puede intensificar la acumulación de grasa en el abdomen inferior y la cintura. La pérdida de sensibilidad a las hormonas reguladoras del apetito, la leptina y la grelina, también constituye un problema. Cuando se presenta resistencia a la leptina, el cerebro interpreta de forma errónea que el cuerpo sigue hambriento, a pesar de contar con suficiente energía almacenada.
La salud intestinal tampoco puede pasarse por alto. La disbiosis intestinal, como ocurre con el síndrome del intestino permeable, permite que sustancias causantes de inflamación penetren al torrente sanguíneo a través de la barrera intestinal, lo que provoca una respuesta inflamatoria sistémica y un trastorno metabólico que contribuyen a la acumulación de grasa abdominal. Asimismo, si la circulación linfática encargada de eliminar los desechos de nuestro cuerpo no fluye adecuadamente, los fluidos corporales y las toxinas se estancan en el tejido adiposo, haciendo que la grasa abdominal se vuelva aún más dura y difícil de eliminar, igual que un drenaje obstruido.
En conclusión, la grasa en flotador que no cede por mucho que haga ejercicio o pase hambre debe entenderse no como un simple problema de grasa, sino como una señal de advertencia provocada por fallas complejas en los sistemas internos: inflamación crónica, desequilibrio hormonal, resistencia a la insulina, problemas en la salud intestinal y trastorno de la circulación linfática. Esta es la razón por la cual resulta difícil resolverlo únicamente mediante la restricción calórica. La medicina moderna, al igual que el Donguibogam, nos indica que es imprescindible un enfoque fundamental para recuperar el equilibrio de todo nuestro cuerpo.