Estimados lectores, con el sincero deseo de confortar su ánimo desgastado por el eccema de manos, les explicaré en detalle cómo aborda la medicina moderna esta molesta afección. ¿Cómo pueden interpretarse bajo la ciencia actual los conceptos de «humedad-calor» y «sequedad por viento y deficiencia de sangre» que explicaba el Donguibogam?
En primer lugar, el eccema de manos puede dividirse a grandes rasgos en dermatitis de contacto y eccema dishidrótico. El eccema de las amas de casa es un tipo de dermatitis de contacto que aparece cuando la barrera cutánea se daña por la exposición repetida a estímulos externos, tales como detergentes o agua. Sin embargo, no todas las personas padecen eccema simplemente por entrar en contacto con sustancias irritantes. Aquí es donde entran en juego factores fundamentales: el sistema inmunitario de nuestro cuerpo y el sistema nervioso autónomo.
La humedad-calor de la que habla el Donguibogam puede comprenderse en la medicina moderna como un estado en el que la respuesta inflamatoria se halla excesivamente activada. El estrés, una alimentación desordenada y la fatiga crónica alteran nuestro sistema inmunitario, lo que acelera la respuesta inflamatoria de las células cutáneas. En particular, el sistema nervioso autónomo regula todas las funciones de nuestro organismo, y un estrés excesivo puede provocar una hiperactividad simpática, deteriorar la circulación sanguínea, disminuir la capacidad regenerativa de la piel y hacer que las células inmunitarias desarrollen una reacción de hipersensibilidad. Esta hiperactividad simpática contrae los microvasos de la piel y aumenta la secreción de mediadores inflamatorios debilitando la barrera cutánea, lo que en última instancia desencadena en las manos ampollas rojas, exudado y un intenso prurito. Es justo como si en el interior del cuerpo se generaran incesantemente un calor y una humedad innecesarios que terminan dispersándose hacia la piel. En dicho estado, es difícil resolver la causa de raíz de la inflamación limitándose solo a hidratar.
Por su parte, la sequedad por viento y deficiencia de sangre se explica modernamente a través del debilitamiento de la función de barrera cutánea y la xerosis cutánea crónica. La sangre de nuestro organismo transporta nutrientes y oxígeno, siendo indispensable para mantener la salud y la regeneración de las células cutáneas. La fatiga, el desequilibrio nutricional y la anemia obstaculizan la circulación sanguínea e impiden abastecer adecuadamente de nutrientes a las células cutáneas. Debido a esto, el ciclo de regeneración de las células cutáneas se ralentiza y disminuye la producción de lípidos y proteínas que forman la barrera cutánea, debilitando dicha capa protectora. Al no poder retener la hidratación de forma adecuada, la barrera cutánea debilitada se seca y se vuelve mucho más vulnerable a los estímulos externos, derivando finalmente en queratina, grietas y un dolor desgarrador. Sumado a ello, desde una perspectiva neurológica, el prurito se origina por una estimulación nerviosa anómala de las fibras nerviosas, y la piel seca y dañada reacciona de manera aún más sensible a dicha estimulación nerviosa. Del mismo modo en que una tierra reseca levanta polvo ante la más mínima brisa, si la piel está seca y debilitada, cualquier pequeño estímulo puede desencadenar fácilmente prurito y dolor.
En conclusión, la medicina moderna no considera el eccema de manos como un simple problema de la epidermis, sino como el resultado de un desequilibrio complejo entre el sistema inmunitario, el sistema nervioso autónomo y la función de barrera cutánea de nuestro organismo. Si bien los humectantes previenen la pérdida de agua en la superficie de la piel, para mejorar de raíz la respuesta inflamatoria y la capacidad regenerativa cutánea resulta sumamente importante corregir el entorno interno del cuerpo mediante el control del estrés, una dieta saludable y un descanso adecuado. Solo así podrá liberarse de este molesto eccema de manos y recuperar unas manos suaves y saludables.